Autor Ecuatoriano
Edgar Allan García
Desván secreto
Cada árbol será
después una hoguera que habla.
José Lezama Lima
Le dijo terminante que no había remedio y luego se
quedó en silencio, cabizbajo, mirando la simetría
de los rombos negros y blancos de la cocina. Así, apoyado
sobre el lavadero de los platos, Menelao se fue convirtiendo
ante los ojos de Helena en un ser irreal; era como si en esos
momentos su rostro se hubiera desvanecido bajo la luz efervescente
de la tarde. Afuera -sombras, destellos, reflejos- el mundo se
había petrificado: el viento de agosto había cesado
de barrer las hojas secas del patio y entre los cipreses mustios
no se escuchaba la cotidiana bulla de los colibríes.
Como un espectro bajo la luz turbia, levantó la cabeza
para mirarla. Tenía la barba crecida y los cabellos en
desorden, los ojos abismados, los labios gruesos entreabiertos
en un gesto, en una mueca monstruosa que no parecía provenir
de él sino de alguien muerto hacía mucho tiempo.
Ella sintió que sus ojos oscuros la atravesaban, que en
otro tiempo, tras un estallido de metales y gritos roncos, él
la había ido a buscar -inútilmente- a un lugar
lejano, y que ahora estaba ante ella otro hombre, mirando a una
Helena vacía, borrosa, confusa, el reflejo del reflejo
de su imagen hundiéndose rápidamente en la bruma.
En el interior de ella algo temblaba, se desmoronaba y, al
mismo tiempo empezaba a levantarse, a saltar, a aletear como
pájaro ciego en una jaula cerrada. Helena atinó
entonces, no sabe cómo, a balbucear que sí, que
era lo mejor, que entre ellos todo había terminado hacía
siglos, que solo la costumbre y la cobardía los había
mantenido unidos, que ya estaba harta, sí, harta de sus
patrañas y fingimientos, que el amor -ese amor medroso,
pequeño, mezquino que él alguna vez juró
sentir por ella- nunca había podido llenar ni el más
insignificante de sus sueños. Percibió por un instante
que no era ella la que respiraba, sino la casa entera con su
oscuro, denso tiempo acumulado la que inhalaba y exhalaba a través
de su cuerpo. Las palabras resbalaban de sus labios, caían
al piso, chocaban contra las paredes, regresaban como ondas crispadas,
como ecos resonantes de otra mujer acaso más alta y más
fuerte, de una Helena decidida finalmente a saltar el abismo
y a abrir las alas de cera bajo el sol.
Él se la quedó viendo como a una desconocida,
no parecía creer lo que estaba escuchando: quien se iba
era él, quien la abandonaba en la horfandad era él,
y sin embargo era ella la que, desafiante, lo expulsaba de su
pequeño reino de camas destendidas y platos sucios. No
habría guerra, no, ella se lo estaba diciendo ahí
mismo, sin ardides, sin sus otrora gritos histéricos.
Aquello que estaba sucediendo era todo lo que obtendría,
una ligera y última escaramuza entre dos ejércitos
que se habían fingido cordialidad por demasiado tiempo.
Sin poder soportar el inesperado cambio de papeles, Menelao
se abrió paso en medio de ese aleteo de palabras que continuaban
saliendo cada vez más duras desde algún lugar secreto,
desde algún oscuro desván interior donde ella había
acumulado un poder desconocido hasta entonces por él.
Cruzó frente a ella como un fantasma abatido; no la miraba,
no podía mirarla y, al mismo tiempo, no podía dejar
de escuchar sus palabras, esas palabras que ella en su exaltación
sentía como libélulas revoloteando bajo el sol,
como peces de colores saltando sobre aguas turbulentas, como
excrementos oscuros largamente guardados y ahora arrojados sobre
aquel rostro estupefacto.
Menelao levantó la pequeña maleta de cuero,
como si de pronto ésta se hubiera convertido en un fardo
lleno de espadas, escudos y alabardas herrumbradas. Salió.
Afuera otra vez el viento de agosto soplaba con furia. Helena
se quedó mirando cómo la polvareda se tragaba a
un desconocido, mientras cruzaba, cada vez más pequeño,
el puente sobre el voraginoso Escamandro. Se observó en
el espejo. No había lágrimas en sus ojos, pero
sus labios secos temblaban a punto de estallar en un grito. Atrás,
como estatua de sal, el pequeño Paris, mirándola.
EAG
(El Encanto de los bordes, 1997: Premio
Nacional de Narrativa Ismael Pérez Pazmiño)
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