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Autores Contemporáneos
Edgar Allan
García
(Ecuador 1959)
Desván secreto
Cada árbol
será después una hoguera que habla.
José Lezama Lima
Le dijo terminante que no había
remedio y luego se quedó en silencio, cabizbajo, mirando
la simetría de los rombos negros y blancos de la cocina.
Así, apoyado sobre el lavadero de los platos, Menelao
se fue convirtiendo ante los ojos de Helena en un ser irreal;
era como si en esos momentos su rostro se hubiera desvanecido
bajo la luz efervescente de la tarde. Afuera -sombras, destellos,
reflejos- el mundo se había petrificado: el viento de
agosto había cesado de barrer las hojas secas del patio
y entre los cipreses mustios no se escuchaba la cotidiana bulla
de los colibríes.
Como un espectro bajo la luz turbia,
levantó la cabeza para mirarla. Tenía la barba
crecida y los cabellos en desorden, los ojos abismados, los labios
gruesos entreabiertos en un gesto, en una mueca monstruosa que
no parecía provenir de él sino de alguien muerto
hacía mucho tiempo. Ella sintió que sus ojos oscuros
la atravesaban, que en otro tiempo, tras un estallido de metales
y gritos roncos, él la había ido a buscar -inútilmente-
a un lugar lejano, y que ahora estaba ante ella otro hombre,
mirando a una Helena vacía, borrosa, confusa, el reflejo
del reflejo de su imagen hundiéndose rápidamente
en la bruma.
En el interior de ella algo temblaba,
se desmoronaba y, al mismo tiempo empezaba a levantarse, a saltar,
a aletear como pájaro ciego en una jaula cerrada. Helena
atinó entonces, no sabe cómo, a balbucear que sí,
que era lo mejor, que entre ellos todo había terminado
hacía siglos, que solo la costumbre y la cobardía
los había mantenido unidos, que ya estaba harta, sí,
harta de sus patrañas y fingimientos, que el amor -ese
amor medroso, pequeño, mezquino que él alguna vez
juró sentir por ella- nunca había podido llenar
ni el más insignificante de sus sueños. Percibió
por un instante que no era ella la que respiraba, sino la casa
entera con su oscuro, denso tiempo acumulado la que inhalaba
y exhalaba a través de su cuerpo. Las palabras resbalaban
de sus labios, caían al piso, chocaban contra las paredes,
regresaban como ondas crispadas, como ecos resonantes de otra
mujer acaso más alta y más fuerte, de una Helena
decidida finalmente a saltar el abismo y a abrir las alas de
cera bajo el sol.
Él se la quedó viendo
como a una desconocida, no parecía creer lo que estaba
escuchando: quien se iba era él, quien la abandonaba en
la horfandad era él, y sin embargo era ella la que, desafiante,
lo expulsaba de su pequeño reino de camas destendidas
y platos sucios. No habría guerra, no, ella se lo estaba
diciendo ahí mismo, sin ardides, sin sus otrora gritos
histéricos. Aquello que estaba sucediendo era todo lo
que obtendría, una ligera y última escaramuza entre
dos ejércitos que se habían fingido cordialidad
por demasiado tiempo.
Sin poder soportar el inesperado cambio
de papeles, Menelao se abrió paso en medio de ese aleteo
de palabras que continuaban saliendo cada vez más duras
desde algún lugar secreto, desde algún oscuro desván
interior donde ella había acumulado un poder desconocido
hasta entonces por él. Cruzó frente a ella como
un fantasma abatido; no la miraba, no podía mirarla y,
al mismo tiempo, no podía dejar de escuchar sus palabras,
esas palabras que ella en su exaltación sentía
como libélulas revoloteando bajo el sol, como peces de
colores saltando sobre aguas turbulentas, como excrementos oscuros
largamente guardados y ahora arrojados sobre aquel rostro estupefacto.
Menelao levantó la pequeña
maleta de cuero, como si de pronto ésta se hubiera convertido
en un fardo lleno de espadas, escudos y alabardas herrumbradas.
Salió. Afuera otra vez el viento de agosto soplaba con
furia. Helena se quedó mirando cómo la polvareda
se tragaba a un desconocido, mientras cruzaba, cada vez más
pequeño, el puente sobre el voraginoso Escamandro. Se
observó en el espejo. No había lágrimas
en sus ojos, pero sus labios secos temblaban a punto de estallar
en un grito. Atrás, como estatua de sal, el pequeño
Paris, mirándola.
EAG
(El
Encanto de los bordes, 1997: Premio Nacional de Narrativa Ismael
Pérez Pazmiño)
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