Autor Ecuatoriano

Jorge Dávila Vázquez

 

 

"Jorge Dávila Vázquez, el escritor, el polígrafo, la mente incansable para fabular historias, para proferir ideas, imágenes y palabras como el gran artista que es; ahora, intempestivo como siempre, nos trae una sorpresa más: Minimalia; cien microcuentos y minicuentos, veloces, brillantes, algunos de ellos acercándose a la música, no sólo por la melodía interna de su lenguaje, sino por sus propios temas y motivos...".
(Fuente: Editorial El Conejo)

 

 

 

MUESTRA NARRATIVA

De: Minimalia

 

 

Piano

El anhelo de tener un piano fue largamente acariciado por Paulina. En las noches de su niñez, sobre todo, la imagen se repetía con una insistencia enfermiza: apenas había cerrado los ojos y ya se veía avanzando por ese pasillo oscuro que desembocaba en la sala polvorienta, con su vestido grisáceo, que había sido alguna vez de gasa azul claro, en puntillas. Abría la puerta... y el instrumento mágico, con su superficie negra brillante, estaba allí, en un rincón, cubierto por un paño granate. Acercándose, ella pasaba tímida, suavemente, su mano, por la superficie; lo abría, y en el momento justo en que iba a empezar a tocar algo que ya tarareaba mentalmente, Chopin, quizás, o Schubert, algo que le era muy, pero muy familiar, y que sin embargo no lograba encajar en nada conocido, despertaba.

Luego, a lo largo de la vida, esas imágenes volvieron, recurrentes, puntuales.

Ahora, muchos años después de ese sueño obsesivo, anciana, con las manos duras de artritis, se sienta ante el piano para intentar por enésima vez recuperar esa melodía perdida en el cofre sin fondo de la memoria. Recuerda el sueño, paso a paso, vuelve a verse con su vestido favorito, ya casi en harapos; aquel que alguna vez fuera vaporoso y celeste. Llega al piano, repite las caricias infantiles y de la juventud. Toca las teclas, pero ya no despierta y solo consigue sonidos aislados, que no logran enhebrar una melodía.

-¡Qué pena! Suspira. Nunca aprendí a tocar ni el piano ni ningún instrumento.

Jamás tuvo la posibilidad de hacerlo, y a lo mejor si la hubiese tenido, nada garantiza que lo lograra. Compró el bello instrumento, sin motivo; porque luego de una infancia y una juventud paupérrimas, llegó a tener tanto dinero, que casi no sabía qué hacer con él. Sí, compró el piano para que llenara un vacío -el de su sueño de la vida entera- en esa sala que está tal como era hace medio siglo, solo que más decadente y llena de polvo. Lo compró para que se cumpliera un tonto capricho de niña pobre, cuando ya era una decrépita mujer, rica y sin esperanzas. Piensa. Vuelve a suspirar. Y baja la tapa del instrumento, con una amarga mueca.

 

Estatua

A ciertas horas de la madrugada, como en todos los museos del mundo, en el Louvre se da una especie de movimiento secreto, y las piezas se animan, hablan, conversan.

Una estatua del Patio de Escultura de Marly cuenta interminablemente dos historias: la llegada al palacio de un cortejo real, que describe con todo género de detalles, admirativos, emocionados, y el arribo de los revolucionarios, un día nefasto y terrible, sus rostros iluminados por las antorchas, sus risas vulgares, sus gestos desafiantes.

Las otras esculturas no tienen tan buena memoria, pero alguna imagen pasa fugaz por sus mentes congeladas en el mármol, mientras la luz del nuevo día inunda implacable su universo de formas inmóviles, armoniosas, espléndidas.