Autores Contemporáneos
Jorge Queirolo
Bravo
Jorge Queirolo Bravo, escritor y periodista.
Nació en Ecuador, concretamente en la ciudad de Guayaquil
en octubre de 1963. Emigró de su tierra natal hace ya
casi 17 años, en enero de 1991. Actualmente está
radicado en Viña del Mar, Chile, después de haber
vivido y explorado varios países. Escribe novela, cuento,
historia, ensayo y narrativa de viaje. Su talento es muy reconocido
en el ámbito literario chileno. Además es dueño
de su propia editorial "Ediciones Altovolta", la cual
ha tenido bastante éxito en Chile, país que se
convirtió en su segunda patria.
Queirolo es autor de doce libros hasta el momento, entre ellos:
"Fiebre Amarilla en Zanzíbar", "Cartas
de un Viajero", "Operación Lagos", "Moscú
sin visa". Publicaciones que cuentan una excelente acogida
entre el público latinoamericano.
En su narrativa Jorge Queirolo explora diferentes temas, que
van desde lo político y social hasta lo erótico
y anticlerical. A continuación los invito a disfrutar
de uno de sus cuentos. "La Novia", es un texto precisamente
resuelto, empapado de erotismo y comprometido con la denuncia.
LA NOVIA

..........Iba manejando a toda velocidad por la autopista
de circunvalación de mi ciudad, cuando de repente el auto
comenzó a toser y, sin previo aviso se detuvo. Apenas
alcancé a desviarlo hacia la berma y tuve suerte, pues
lo hice con la habilidad suficiente como para no causar un accidente,
de los que ya he tenido varios. Volvía de la casa de mi
modisto, emplazada en una urbanización en las afueras
del casco urbano. El motivo por el que lo visité fue para
recoger mi vestido de novia. Ese día me casaría
con el hombre de mis sueños, el magnate industrial
Carlos Narciso Mesonero de Pereda, poseedor de una de las fortunas
más grandes del país. En fin, la suerte me sonreía,
excepto en lo concerniente a manejar vehículos, ya que
la causa de la pana que me detuvo era la más simple que
le puede suceder a un conductor: me había quedado sin
gasolina. Eso era todo, mas estaba botada en medio de una autopista
y para colmo mi teléfono celular tenía la batería
descargada. Soy un desastre en cuanto a previsión. No
lo puedo negar. Ya me estaba haciendo a la idea de caminar hasta
la próxima estación de servicio a pedir ayuda,
lo cual significaba unos buenos kilómetros de marcha azotada
por el inclemente sol primaveral, cuando sorpresivamente un vehículo
se estacionó delante del mío. Al menos estaba de
suerte. ¿O sería la vistosa minifalda que dejaba
ver mis esbeltas piernas? No lo sabría hasta que no viera
quién era el o la conductora. Caminé unos pasos
hacia el automóvil detenido, pero antes de eso se abrió
la puerta del conductor y, del interior emergió un individuo
de mediana edad y relativamente apuesto. Con un semblante sonriente,
me preguntó acerca de lo que me pasó. Se lo conté
con cierta pena y un poquito de vergüenza. Es que a nadie
le gusta admitir que es despistado. Y yo siempre lo he sido.
..........El hombre me miró con la mejor de sus sonrisas
y me invitó a subir a su coche, con la oferta de que me
podía llevar sin problemas hasta la próxima gasolinera
y que allí no sería difícil conseguir un
bidón para traer algo de combustible hasta el lugar de
mis tragedias. A mí me pareció bueno el ofrecimiento
y subí sin chistar, dejando en el portamaletas de mi transporte
el vestido de novia que luciría esa noche en la catedral
y posteriormente en el Country Club Las Heras ante más
de mil quinientos invitados, incluyendo entre ellos al presidente
de la república y al primer ministro. Todas las personalidades
del país estarían presentes en un evento de tal
magnitud y por supuesto que no podría faltar el cardenal
Diego Solís y Solís, primado de la iglesia de la
nación y que era el que me casaría aquella noche.
Ese gordito nunca se perdía la oportunidad de estar en
todas las fiestas, especialmente en las que había jovencitos
hermosos y bien dotados, tal como a él le gustaban. Seguramente
ya andaba cansado de tanto seminarista y del arzobispo Horacio
Valladares de la Fuente, que según las malas lenguas,
y las no tan malas también, era desde siempre su amante.
A mí me daba lo mismo lo que hiciera el cardenal con su
ano, el que se arriesgaba a enfermar de Sida era él. Volviendo
a lo de mi anfitrión, me senté en el asiento del
lado derecho y esperé a que partiera. No tardó
más de unos segundos en hacerlo. Mientras conducía
le miré las manos y no llevaba anillo de casado. ¿Lo
sería? Tal vez era divorciado o bien podía ser
soltero. No me atreví a preguntárselo. Me conversó
sobre temas triviales, aunque noté un creciente interés
de su parte en fijarse en mis piernas. ¿Qué se
puede hacer en esas circunstancias? ¿Pedirle que pare
y bajarme? Ni muerta. Lo único que me importaba era llegar
a tiempo para dormir una buena siesta y más tarde levantarme
para que mis asistentes me preparen, peinen y maquillen para
la boda. No iba a estropear mi itinerario porque un desconocido
se fijaba en mis piernas.
..........Eso pensaba, hasta que el tipo pasó de la
observación visual a posar una mano sobre mi muslo izquierdo.
Y con la otra seguía conduciendo como si nada. Se notaba
que estaba acostumbrado a hacerlo. Bueno, internamente pensé
en protestar, pero me di cuenta de que no serviría y además
el manoseo la verdad es que me gustó bastante. Así
que no le dije nada. Lo dejé seguir. Miré subrepticiamente
hacia la izquierda y noté un bultito bien crecido debajo
de la cremallera de su pantalón. Me pareció bien
que disfrutara tocándome, algo que no podría esperar
ni de mi novio, cuyo único pasatiempo era ir a misa o
rezar incesantemente. No lo culpo, así fue educado y tampoco
conocía otra realidad distinta. La mano del conductor
siguió subiendo con suma habilidad por mi entrepierna
y a medida que se acercaba al fondo, mi vulva se humedeció
hasta mojar el vestido. Comencé a sentir algo muy rico
en mi cosita y tuve que tragar saliva para no jadear. Esa mano
gruesa internándose hacia mi cueva me producía
un cosquilleo muy placentero. No aguanté mis impulsos
y mi mano se posó sobre sus genitales, buscando el cierre
para abrirlo y liberar esa herramienta jugosa que tanto deseaba.
Me dieron ganas de decirle que pare y que me haga el amor allí
mismo, pero él fue mucho más rápido y con
voz firme preguntó:
-¿Te gustaría ir a uno de los moteles que están
a un par de kilómetros de aquí?
..........Apenas pude balbucear un sí
casi incoherente que me salió del alma. Le iba a poner
los cuernos a mi futuro marido y en el mismo día de la
boda. Hasta ese momento le había sido fiel. O mejor dicho
casi fiel, porque de pronto me acordé del día en
que hice el amor con mi mejor amiga. Aquel incidente no debería
contabilizarse como una infidelidad, porque las dos andábamos
ebrias y algo necesitadas de cariño. La diferencia es
que en esta ocasión no andaba ebria. A lo mucho algo drogada,
si es que contamos el porro de marihuana que me fumé después
del desayuno. Entre tanta cavilación no advertí
que en aquel momento traspasábamos el pórtico de
un motel. Se notaba bien presentado, aseado y lleno de jardines
y árboles. Aparcamos en una cochera que se cerró
automáticamente y nos apeamos. Él abrió
una puerta que daba a una habitación bien amplia, tenuemente
iluminada, decorada con muchos espejos de diversos tamaños,
equipada con un frigobar pequeño y un jacuzzi empotrado
en una armazón de madera en una esquina. No conocía
muchos moteles y con mi novio nunca fui a ninguno. Sobra decir
que éste era virgen y que insistía en llegar en
ese estado al matrimonio. Siempre me recordaba que el cardenal
Solís y Solís le daba esa recomendación,
por insólito que parezca. Eso era como si el diablo vendiera
biblias, aunque rápidamente comprendí que carecía
de sentido tratar de convencer a mi noviecito de
que su consejero espiritual era sexualmente muy activo. ¿Para
qué? No hay peor ciego que el que no quiere ver.
..........Una vez que me acostumbré a las luces en
semipenumbra, avancé hasta el borde de la cama y mi amante
me siguió. Sus manos expertas me desvistieron mientras
me besaba apasionadamente. Sería una mentirosa si dijera
que no estaba gozando, a la par que mentalmente intentaba vislumbrar
qué es lo que estaría haciendo mi futuro marido.
La respuesta fue automática: rezando, en misa o confesándose.
¿Qué otra cosa sabía hacer el muy inútil?
Menos de tres minutos después ya estaba tumbada sobre
la cama recibiendo la penetración de aquel lujurioso chofer.
Previamente pude observar que su verga era muy grande, más
que la del jardinero que me desfloró tras unos árboles
y en el jardín de mi propia casa. Jamás se lo conté
a nadie. Al pobre hombre lo habrían despedido y mandado
directo a la cárcel por fornicar con una chiquilla de
apenas catorce años. Nadie habría entendido que
fui yo la que lo sedujo, obnubilada por su miembro cuando lo
veía orinar entre los arbustos. Fue una suerte que jamás
quedé embarazada de él ni tampoco del profesor
de matemáticas de mi colegio. Éste no me excitaba
tanto, pero la necesidad de mejorar mis calificaciones hizo que
cediera ante sus galanterías. ¿Qué otra
alternativa me quedaba? Los números no son mi fuerte.
..........Menos peligroso era el acoso de sor Beatriz, de
la que obviamente no temía que me dejara encinta. Por
eso no protestaba cuando ésta me llamaba a su oficina,
con intenciones que naturalmente nada tenían que ver con
lo académico. La pobre monjita me daba pena: siempre buscando
a las chicas con bajo rendimiento en los estudios para que le
den unos instantes de placer. Y a ninguna se le ocurría
negarse, considerando que su cargo de directora le confería
un gran poder sobre sus inocentes pupilas. Nadie quiere repetir
el año escolar completo por no sacrificar media hora de
su tiempo. Mejor me olvido del pasado para volver a lo que estaba
sucediendo en ese momento: me la estaban metiendo hasta por el
agujero de la nariz. Sin darme ni cuenta me vi con el miembro
viril de mi nuevo compañero dentro de mi boca, succionándoselo
con fuerza y fruición. El muy cochino no se dio por satisfecho
con la mamada y me penetró por detrás, causándome
un dolor muy intenso al romperme el ano con su embestida. Al
principio hubo sufrimiento y de a poco le agarré el gustito,
en parte gracias a que él con su mano, y con mucha gracia,
frotaba mi clítoris ardiente. En medio de lo mejor sonó
un teléfono celular y era el de él. Lo supe de
inmediato por el tipo de timbre que emitió. Lo increíble
es que estiró la mano hasta el pantalón y extrajo
de un bolsillo el aparato, sin sacar su verga en ningún
momento de mis entrañas. Contestó mientras continuaba
castigándome con sus embates enérgicos. Nunca me
había pasado algo similar. Pude escuchar que alguien requería
de su presencia y que él asentía. ¿En qué
trabajaría? La última frase que pronunció
fue:
-No te preocupes, que voy a estar a las ocho en punto.
..........Unos segundos después colgó y siguió
follándome con ganas. Así estuvimos una hora o
más, hasta que en un determinado momento me dijo que se
debía ir. El sujeto tenía, por lo que escuché,
una cita a la misma hora en que me iba a casar. Salimos, pagó
la cuenta con dinero en efectivo y me dejó en la estación
de servicio que le pedí. Nunca dormí la tan ansiada
siesta, pero sería una idiota si me quejo de eso. El placer
que me dio aquel encuentro furtivo fue mil veces mejor. Tuve
apenas el tiempo suficiente para ducharme, que me maquillen y
me peinen. Cuando terminaron de prepararme ya me estaba esperando
afuera el vehículo que me llevaría a la iglesia.
Hicimos el recorrido con rapidez para no atrasarme y al llegar
frente a la puerta del templo me esperaba mi papá, para
llevarme asida del brazo hasta el altar. Al verme se acercó
y antes de tomar mi bracito me explicó brevemente que
el cardenal Solís no me iba a casar y que en su lugar
lo haría otro sacerdote. A mí me daba lo mismo
quién lo hiciera y, por mi mente pasó fugazmente
la imagen del gordito postrado en cama e indigestado de tanto
comer pasteles. Rectifico: su indigestión debía
ser de tanto ser comido por esos chiquillos jóvenes
y musculosos que lo volvían loco.
..........No le hice comentarios a mi padre e ingresamos
a la nave central de la iglesia acompañados por los sones
de la marcha nupcial, interpretada por la orquesta filarmónica
de la ciudad, presente por gestión de mi suegro. No puse
mucha atención en las caras de los asistentes, pues sabía
que iban a estar las mismas viejas encopetadas de siempre junto
a los cornudos de sus maridos, que a su vez tendrían sus
amantes también. Para qué admirarse si la humanidad
es así. Avancé a paso seguro hasta llegar frente
al altar y encontrarme con mi novio ataviado con un traje que
lo hacía verse ridículo. Siendo sincera, él
siempre lo era. Al situarme frente al ara mayor levanté
la cabeza y quise morir en ese preciso instante. Me debo haber
ruborizado y por dentro sentí un escalofrío que
recorrió todo mi cuerpo, haciendo temblar todos los rincones
de mi humanidad. Si hubiese podido, habría salido corriendo
y dejo todo abandonado para siempre. ¡Qué vergüenza!
¡Qué bochorno! Apreté los dientes y pude
retener la compostura y el sentido de la decencia con muchísimo
esfuerzo. Lo que vi frente a mis ojos fue increíble e
irrepetible: el sacerdote que nos casaría era el mismo
tipo con el que estuve en el motel esa misma tarde. Él
no se perturbó y prosiguió impertérrito
y, como si nada, con la ceremonia. En un momento de descuido
de mi novio me guiñó disimuladamente un ojo. Cuando
llegue de la luna de miel voy a averiguar quién es para
buscarlo y pedirle que sea mi confesor. Claro que no tengo intenciones
de que me confiese en un confesionario. Para eso están
los moteles. ¿No es cierto?...
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