Autor Ecuatoriano
Máximo Ortega Vintimilla
Azogues (1966). Abogado y doctor en Jurisprudencia (Universidad
Católica de Cuenca).
EL CHARCO
"Y al mismo tiempo tenía la sensación de
que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No,
ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él
hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias
inmensas".
La noche boca arriba, Julio Cortázar.
La tarde es gris y a ratos llovizna. Los novios están
a una semana de celebrar su boda. Pasean en un toyota rojo por
las afueras de la ciudad. Por insistencia del novio continúan
la marcha hacia la pradera para visitar a Carmen, una amiga de
ellos. El vehículo empieza a rodar a considerable velocidad
por una calle recta. Por las aceras casi no circula gente. Rebasan
una camioneta vieja. Así están, plácida
y serenamente paseando al tiempo que piensan en el día
feliz que se acerca. Unos boleros contribuyen al romanticismo.
Llegan a la frontera entre la ciudad y el campo: la calle deja
de ser tal para convertirse en carretera lastrada; en sus bordes
asoman pocas casitas. La calefacción no deja que sientan
frío. En algún lugar del horizonte miran los novios
un residuo de sol filtrándose por entre unas nubes. Sonríen.
El toyota se ve diminuto al subir y bajar por una colina. El
novio mira su reloj como preguntándose cuánto tiempo
están conduciendo. Han rodado unos diez kilómetros
por la carretera. Encienden unos cigarrillos, bajan un poco los
vidrios y fuman en silencio. Ahora se ve avanzar al automóvil
por una pradera. Siguen fumando en tanto escuchan música
a bajo volumen. De repente, ella le indica a su novio que al
norte, que es hacia donde se dirigen, amenaza una tormenta. Él
le dice que es tarde para arrepentirse, que ya falta poco para
llegar y que más bien, aprovechando las vacaciones, podrían
quedarse a dormir en la propiedad de su abuelo que vive un poco
más allá de Carmen. La novia cede no de muy buena
gana, luego apaga su cigarrillo a medio consumir. Él hace
lo mismo. Siguen avanzando por una curva cerrada, cuando al llegar
a una recta, se dan cuenta de que muy cerca hay un charco grande
de agua turbia que va de una orilla a otra de la carretera. La
novia se asusta y le dice que convendría más bien
regresarse, no vaya a ser que el automóvil, que no es
tan nuevo que digamos, se averíe, a su amiga ya la verían
en la fiesta. El novio, después de escuchar en silencio
a la que va a ser su esposa ante Dios, disminuye considerablemente
la velocidad. Piensa ella con una leve sonrisa que él,
de un rato al otro, detendrá el vehículo y dará
la vuelta. Pero el novio no retrocede. Comienza ahora a analizar
si el charco lo va a cruzar a alta o baja velocidad. Al final
decide hacerlo a baja, por precaución, no vaya a ser que
el hueco sea grande y el agua moje alguna pieza del vehículo
y se queden abandonados en la vía. La novia pone rostro
de disgusto. Él, mirándola con una sonrisa, le
dice que no se preocupe, que todo saldrá bien. Se encuentran
a la orilla del charco. Mientras avanzan miran cómo el
vehículo se hunde lenta, muy lentamente, como si estuvieran
en tierra movediza. Tienen la extraña sensación
de que sus cuerpos también se están hundiendo en
el charco, una sensación parecida a la que dos días
antes tuvieron cuando disfrutaban del vértigo de la montaña
rusa. Están ya a la mitad del charco. Siguen avanzando
con lentitud cuando, súbitamente, el toyota se sumerge
bruscamente. Se asustan. Apagan la radio y cierran las ventanillas.
La novia le grita al novio que retroceda. Él le explica
que al detener el vehículo para luego meter reversa complicarían
las cosas. Y agrega, serenándose, que no podrían
volver porque permanecerían atrapados en el lodo. Miran
con terror que el agua está a la altura de las ventanillas.
La novia, en medio de su desesperación, le exige al novio
que acelere la marcha. Él le replica, desconcertado, que
tiene aplastado a fondo el acelerador, pero que el vehículo
no circula en ninguna dirección. En medio de golpes y
gritos tratan de salir del vehículo que comienza a girar
sobre sí mismo, produciendo un remolino. El charco es
muy grande y profundo. El automóvil se hunde con rapidez...
Cruzan un túnel oscuro... La novia camina por la orilla
de un río de aguas cristalinas que atraviesa una ciudad.
El día es soleado. Mira por aquí a unas mujeres
lavando ropa en unas piedras, por allá a unos niños
bañándose... Camina por la avenida paralela al
río. Ahora se apresta a pasar por un puente viejo. ¡Oh,
Dios mío, no puede ser, ese puente lo he visto en alguna
parte!
¿Qué está pasando? ¿No
es esta la ciudad donde nací?
Pero la ciudad es
más grande, las casas son más modernas, los transeúntes
visten ropas diferentes
Al llegar a su casa, ¡quéeee!...
¡pero si esa que está ahí soy yo!... parezco
de unos cuarenta años, tengo el cuerpo algo grueso y mi
pelo maltratado
Y esa vieja, ¿quién es?...
¡Ay, Dios, es mi madre!... y está regañándome,
está diciéndome que debía perdonar a aquel
hombre bueno con quien alguna vez estuve a punto de casarme,
que debía de haberme casado con él
¡Soy
una infeliz!... El novio, de pronto, entra en el garaje de una
casa grande ubicada en el campo. Con sorpresa distingue al fondo,
detrás de dos vehículos, un automóvil rojo
abandonado en cuyo interior juegan dos niños. Observa
que el varón, seguramente para impresionar a la niña,
mete un alambre pequeño en el arranque haciendo como que
lo enciende. Luego ve asomar a la sirvienta que les dice a los
niños que sus padres los esperan para almorzar. Instantes
después, el novio los mira sentarse a comer con una mujer
y un hombre de bigote... Observa que éste come de mala
gana, lo que le produce la impresión de que no es feliz
en su hogar, Oh, Dios, ¿qué está pasando?...
¡Pero, si ese hombre soy yo! Y ¿quién es
esa mujer? ¡Oh, no puede ser, pero si es Carmen!... De
pronto, el toyota sale de retro a toda velocidad del charco.
A veinte metros de ahí el novio para el vehículo.
Luego da la vuelta rápidamente, lo detiene en sentido
contrario y lo apaga. Los novios suspiran aliviados. El sol brilla
en el horizonte. Más acá, en la carretera que raya
la pradera, el costado derecho del toyota se ve dorado. El novio
va a abrazarla, pero es ella quien lo hace primero. Luego se
besan. Agradecen a Dios por haberlos protegido. Él le
ofrece disculpas a ella por su tozudez. Ella sonríe, y
a continuación, con seriedad, como diciéndose a
sí misma algo, manifiesta que le duele un poco la cabeza.
El novio sostiene que a él también. "Es extraño",
añade mientras mira a lo lejos volar una bandada de pájaros.
Instantes después, emprenden la marcha de regreso a sus
casas. Al vehículo se lo ve rodar veloz por la carretera
angosta, al tiempo que deja tras de sí una polvareda.
Los novios se cruzan una mirada tierna. El novio, que tiene el
rostro cansado y los ojos irritados, le dice a ella: "¡Dios
sabe lo que hace! Si hubiéramos pasado el charco... Ella,
cuyo maquillaje ha desaparecido, agrega, por su parte, "A
lo mejor habríamos sido infelices."
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