Riobamba (1959). Artista plástico. Licenciado en Ciencias
de la Educación. Mención Educación Básica.
LA HISTORIA DE BARTOLO
I
BARTOLO nació en el seno de una modesta familia, como
cualquier otra de la especie humana.
En los primeros días era un angelito que llenaba de alegría
a sus progenitores. Pero poco a poco esto iba cambiando.
A la edad de cinco años, el angelito era ya un monstruo,
destructor y peleón; no obedecía a nadie.
En la granja donde vivía, un día se metió
en el gallinero y a modo de juego, armado de un garrote arremetió
contra las frágiles aves; con cada golpe que daba, reía
a carcajadas, le parecía fantástico lo que hacia,
veía con asombro, cómo cada indefensa ave volaba
despedazada por los aires.
Lo hizo una y otra vez, hasta acabar con todas ellas.
Sin pensar en las consecuencias, ensangrentado, fue a casa.
Su madre, María, asustada lo tomó en brazos, buscando
alguna herida en su cuerpo, y a la vez preguntando:
"Bartolo, hijo mío. ¡¿Qué
te ha pasado?!"
Bartolo solo reía, sin decir nada.
En eso, su padre, Juan, que se disponía a dar de comer
a las aves, observaba horrorizado y angustiado a sus pollos muertos
brutalmente.
Corrió a casa, armándose de valor para defender
de los vándalos a su familia, encontrando en el camino
huellas de sangre y plumas.
La puerta estaba abierta; con mucho sigilo entró en casa,
hallando a su mujer con su hijo bañado en sangre, de pies
a cabeza.
Preguntó:
"¿Qué ha pasado aquí?"
María respondió:
"¡No lo sé!"
Mientras, Bartolo solo reía.
Juan, dándose cuenta de lo que el niño había
hecho, lo llevó a darle un baño y una tunda por
lo sucedido con las pequeñas aves.
Esto y muchas otras cosas más hizo Bartolo.
Con mucho sacrificio, sus padres le pusieron en la escuela,
cuando el niño cumplía los seis años de
edad, pensando que en ella cambiaría su comportamiento.
Muy equivocados estaban, puesto que Bartolo solo quería
jugar o pelear; inclusive con sus maestros era desobediente.
No hacía sus tareas, no estudiaba, se pasaba el tiempo
de clases pensando qué hacer en su casa, ideando juegos
toscos.
Repitió tres veces el primer grado. Lo mismo sucedió
con segundo y tercero; el cuarto grado no lo pudo aprobar.
II
Bartolo, con 18 años, fue echado de casa por sus padres,
pues se había convertido en una amenaza para su seguridad.
Cuando salió, no imaginó lo que le pasaría;
ya no tenía el abrigo, amor, alimento y vestimenta que
en casa le daban. Fue un cambio bastante drástico para
él, porque tenía que aprender a sobrevivir.
Comenzó a vagar por las calles, recogiendo desperdicios
de comida en la basura.
Bartolo era temido por mucha gente porque siempre reaccionaba
con furia.
Por las noches, dormía en una banca del parque. Algunas
veces, recogía los granos que la gente botaba a las palomas
para alimentarlas.
Una ocasión decidió pedir caridad: pero solo pudo
estirar la mano, pues no sabía cómo hacerlo ni
qué decir.
La gente se apartaba de él porque olía mal, tenía
el pelo lleno de suciedad, la tez negruzca, reseca, lacrada;
la mirada rencorosa, la vestimenta haraposa. En realidad, daba
lástima mirarlo.
Así pasó el tiempo, hasta que un día, a
la edad de 33 años, cuando ya no soportaba más
su triste y humillante vida, decidió pedir ayuda a Dios,
y al entrar en una iglesia cercana al parque donde pernoctaba,
un sacerdote le sacó a empujones, porque no dejan entrar
indigentes a ella.
Entonces, desde la puerta logró divisar, al fondo, a un
Cristo crucificado.
Sin saber cómo rezar, sostenido por un palo que usaba
de bastón, y encorvado por su debilidad, tembloroso, sólo
pudo decir:
"¡Di
Di
Dios.
Ayú
, ayú
, ayúdame Di
Dios!"
Entonces escuchó unas palabras que venían de
lo más profundo de su ser:
"Bartolo, cree en ti"
Le dio miedo esa voz y agachó la cabeza.
Puesto que ya no se le ocurría nada más, se fue
de aquel lugar, pensando en esas palabras sin lograr entenderlas.
Un año después, tomó la decisión
de volver a la misma iglesia y, mirando al mismo Cristo del fondo,
dijo:
"Dios, hace un año que vengo pidiendo que me ayudes
y no me has ayudado".
Al acabar de decir esto, escuchó la misma voz que le habló
la vez anterior.
"Hace un año que vengo diciéndote que creas
en ti y no has creído".
Bartolo dijo:
"Y ¿Qué es creer en mí?"
La voz del interior le contestó:
"Creer en ti es:
Pensar que todo lo puedes hacer, que nada es difícil,
que no hay imposibles. Debes comenzar por perdonarte".
Bartolo preguntó:
"Y ¿cómo puedo perdonarme?"
La voz del interior contestó:
"Olvida el pasado".
"Comienza a cambiar tu presente, tu forma de ser, tu imagen".
"Repite todo lo que te he dicho cada momento, cada instante
de tu vida y así lograrás lo que te propongas.
¡Jamás dudes de tus decisiones!"
"¿Quieres cambiar? ¡Comienza hoy!
¡Sé otro hombre en ti!
¡Tú puedes hacerlo!
En armonía con todos".
El hombre, con los ojos llenos de lágrimas, agradeció
a Dios y le juró cambiar.
Al instante escuchó la voz que le decía:
"No es a mí a quien debes jurar, es a ti a quien
corresponde hacerlo".
Desde ese instante, la vida de Bartolo cambió drásticamente.
III
Comenzó repitiendo las palabras que esa voz le dijo
que repitiera una y otra vez, día tras día:
"Yo puedo hacerlo, nada es difícil, nada es imposible,
porque yo todo lo puedo hacer, y en armonía con todos".
Al poco tiempo, vio resultados positivos en su vida: comenzó
a cuidar su imagen, su genio se transformó.
Ahora ayudaba a otros indigentes como él, lavaba su ropa,
además comenzó a limpiar autos en la calle.
La gente, viendo su transformación, empezó a ayudarle
con dinero.
Hablaba con las personas acerca de su vida pasada.
Fue fantástico su cambio. Consiguió una habitación;
además adquirió libros y trataba de entenderlos,
lo que fue difícil, pues había olvidado lo poco
que aprendió.
Al cabo de un año decidió volver a la misma iglesia.
Sin entrar y manteniéndose en el portón, como era
su costumbre, dijo:
"Gracias Señor mío, por todo lo que has
hecho por mí, por darme la confianza que necesitaba, hoy
creo en mí".
"¿Sabes Señor?, decidí volver a estudiar,
pues me hace falta, sé que lo voy ha lograr, tengo confianza
de que será así".
Entonces escuchó la misma voz, que decía:
"Pero no seas el mismo Bartolo de siempre, tu transformación
recién está por comenzar, sé fuerte, no
te olvides del amor en ti, para ti y los demás".
Bartolo creyó que debía cambiar su nombre.
Y le agregó dos letras, desde hoy se llamaría:
Bartolomé.
Ingresó a cuarto grado, hizo un gran esfuerzo por pasar
de año, lográndolo al fin.
El quinto grado lo pasó con menor dificultad, porque
ya se estaba adaptando al estudio; en este punto ayudaba a sus
compañeros a entender las materias que su maestro les
impartía.
Así continuó pasando uno detrás de otro
los años hasta terminar la secundaria, llegando a obtener
el premio como mejor estudiante de su colegio.
Al graduarse con honores, decidió seguir con los estudios
universitarios, pero antes visitó la iglesia que siempre
le acogía y, desde la puerta, dio las gracias a Dios:
"Gracias, señor mío, Padre de la creación,
que moras en mí y mis hermanos, en la tierra y en el universo,
gracias por darme la capacidad de entenderme y alcanzar mis metas".
"Gracias por enseñarme a creer en ti y en mí.
Te cuento, mi amado señor, que estudiaré Electrónica
en la universidad; hoy, a mis 43 años sé que lo
voy a lograr"
Bartolomé no solo pudo terminar esa carrera sino que
estudió Ingeniería Aeronáutica, e hizo un
doctorado con gran éxito.
En premio a su esfuerzo, consiguió trabajo en la NASA,
a la edad de 56 años.
Cuando murió, tenía 66 años. Y gracias a
su legado, la humanidad pudo avanzar rápidamente en el
estudio de las estrellas.