Página
Principal
.................... Directorio
Autores Contemporáneos
Raúl
Serrano Sánchez
(Ecuador 1962)
"La opaca
luna de tu vientre"
Después de los primeros contactos,
bloqueados por la entrometida de la abuela, no hice otra cosa
que reunir y coleccionar todos los títulos, diplomas,
medallas que garantizarían la dicha que Miriam se merecía,
aunque para entonces el caballo y mi maldición no entraban
en la colada. Miriam sabe que las noches con bostezos, el frío
metiéndose entre los dientes, no fueron vanos. Ella busca
respuestas sin rodeos, las quiere a sabiendas de que uno percibe
todo, que postergó las tareas del juzgado y los proyectos
solo para cumplir con las promesas firmadas a la abuela que la
secuestró por haberle quemado un par de vestidos, obsequio
de uno de sus indeseables amantes. Miriam le murmura al caballo
lo que a ti te niega, le habla sabiendo que tendrás que
descifrar cada gesto, cada movimiento de sus labios, de esa boca
que te mordería y diría palabras sucias, las que
se dicen los amantes cuando están combatiendo en la noche
que Miriam o mi maldición, heredada quién sabe
por mandato de qué demonio, no quiso convertir en luna
de miel, pensando que te barajabas por esas oscuras, viles y
diminutas venganzas tramadas para la hora de las flores, las
caricias que con las amenazas de Miriam se convirtieron en una
noche larga, inmensa como el mar por el que nos perdimos sin
saber que el caballo llegaría a dominar mis días,
los de ella, como un rey, como un Pinochet al que debes servir
con buenos ojos, cuidado con poner esa cara de amargado, molesto,
¿qué te crees?
Nunca debimos planear ni realizar esa
bendita luna de miel, Miriam, nunca. Sé que para ti era
como hacer la primera comunión o bailar el Danubio azul
vestida de rosado. Si nos hubiéramos quedado en mi cuarto
de soltero, no te percatabas de nada, ni siquiera si era de noche,
que uno debía torturarte hasta que el sol se regara por
tu vientre, ese pedazo de manzana por el que se paseaban los
ángeles, Miriam, que te hacían tan rara, llena
de un aura que más de una vez me llevó a pensar
que irse contigo a ver el otro lado de la vida, de seguro era
una lotería. No he dejado de pensar en lo mismo desde
la tarde que el caballo entró a la sala de nuestro nido,
sin ánimo -el pobre no tiene la culpa- de ser mi enemigo.
Pero al fin, ahí está con una Miriam que no se
molestó en presentarnos, explicarle mira, él es
de quien nunca te hablé, inventar cualquier mentira piadosa,
decir que a partir del primer estrechón de manos pasaría
tal y tal cosa, como para tomar ciertas precauciones, cambiar
los planes que de alguna manera uno también tiene, ¿no?
Sin que Miriam quisiera justificarse,
el animal pasó a nuestro dormitorio: se adueñó
de la cama, mi ropa, los libros de Robert Bloch que se ha encargado
de convertir en forraje. De pronto tuviste que acostumbrarte
al sofá o a la mecedora de la sala, donde podías
distraerte con la televisión. De a poco el caballo copó
los rincones que alguna vez te pertenecieron. El cuarto de los
hijos pasó a ser su cámara privada de meditación,
entra ahí a dar coces [qué privilegio] a conversar
con su sombra, mientras Miriam se atarea en la cocina preparándole
los potajes más raros y mejor sazonados del mundo, lo
hace con tanto empeño sabiendo que la espías, que
esperas te lance un plato a medio hacer, cualquier sobra. Tienes
que recibirlo con resignación, de no ser así desaparece
con la mascota y todo lo que ahora le pertenece. Esperar a curarte
de la maldición, es un premio que Miriam se lo daría
a cualquiera, siempre y cuando se mantenga como la noche de sus
amenazas y de todas las cervezas que te fuiste a beber con ese
viejo lobo de mar que no paraba de hablarte de la batalla de
Jambelí, los peruanos pidiendo perdón porque no
se imaginaron, Miriam, que un renacuajo se tragara a una ballena,
qué cosas, ¿lo sabías?
Creo Miriam que nunca debimos partir
a ese hotel en donde, días antes, fui a compenetrarme
con su misterio [lo confieso: nunca antes estuve en uno] a regar
pétalos de flores, me habían dicho que así
las mujeres pierden la cabeza y todo lo demás; preparé
el terreno para una batalla que nunca pensaste sería memorable
no solo por Miriam y sus amenazas, sino por el descubrimiento
que no te explicas cómo es que no dio señales de
vida cuando pudiste someterte a un régimen estricto, implacable,
para superarlo; sabes que incluso podías adaptarte a los
prodigios de un cirujano que hace maravillas con los que padecen
de terrores como el tuyo, aunque tu mano Miriam hubiera sido
más que necesaria, vital. Lo dicen los sicólogos
que saben más que tú y el caballo que cada vez
se parece a un marica: lo llenas [no lo digo por celos] de tanta
chuchería que crees que no se merece un mínimo
de respeto. Miriam sabe que si no fuera lo que soy, ya la hubiera
denunciado con la sociedad que protege a los animales, incluso
podría acusarla de violación y todo eso que ahora
consta en la Constitución de la república, serio
Miriam.
Nunca me han caído mal los caballos,
todo lo contrario, los he admirado porque son como los sueños,
vienen de bien lejos, desde esos días de los que Miriam
poco o nada le gustaba saber si la abuela se dormía, si
uno dejaba de ser el idiota que era, por eso apúrate,
no pierdas tiempo, y tú buscabas como callarla Miriam,
porque no lo tomes a mal, no es para que pienses que los santos
todavía existen, aunque de pronto existen, entonces te
movías, te dabas cuenta de que ese ejercicio la sacaba
del mundo, tú ardiendo aunque lo demás se mantenía
en su sitio, al fin todo tiene su hora, ¿mi amor, entiendes?
Y Miriam ojos cerrados, preguntándome si por el cuello
le bajaba lava, fuego, mete la lengua, no Miriam, no ves que
la abuela puede despertar y todos nos vamos al infierno, qué
infierno, no hay tiempo para palabras, no lo había porque
tú Miriam te las tragabas como lo haces con el caballo
cuando cae la noche y me dices anda a tu rincón, y uno
tiene que seguir tus instrucciones como sucedía con la
abuela a punto de abrir sus ojos de rana, cuidado. ¿Hasta
cuándo debo tener cuidado, Miriam? No lo sé, lo
he querido averiguar con ciertos amigos que te ven, que te dicen
estás mal, anda donde un bioenergético, hazte una
limpia de punta a punta, no seas pendejo, ¿o es que le
estás dando como bombo en fiesta? no abuses, respeta los
derechos de la esposa, arrecho. El caballo, su amante, sabe que
uno la ha respetado más que cualquiera. Ya estoy cansado
Miriam que creas que estoy maldito, que tendré que quedarme
en el cuarto de los niños que espero te decidas a sacar
de la cárcel donde crees que uno debe estar aunque para
ti eso no sea nada extraño, siempre viviste dentro de
una. Por eso, cuando te asomas carcajeándote con mi rival
-lo es, Miriam, lo es- uno piensa que siempre le has pertenecido
al demonio y no a tu abuela que aún espera le pagues lo
que le debes, ¡tacaña!
Miriam no sabe lo que inventé
ante los compañeros para quedar bien y ahorrarme las explicaciones
innecesarias. Al fin uno la considera tanto que ha preferido
imaginarla como parte de una película borrosa, con una
Miriam audaz, insaciable, capaz de convertir al caballo en el
de Troya y seguir gimiendo, aullando hasta que tienes que correr
a ponerte cera, algodones en los oídos para evitarla,
porque no escucha tus súplicas para que pare, no es para
que saques las espinas Miriam y lo conviertas a uno en un espantapájaros
que ya no se espanta ni así mismo, o es que crees que
arrastrar una maldición como la que se arrastra es cosa
de soplar y hacer globos, por favor, Miriam, detente. Los compañeros
te felicitaban, de seguro algunos de ellos ni siquiera lo había
soñado, padecían de maldiciones más deplorables
que la tuya, Míralos Miriam, creen que tú y yo
somos las pareja tipo, o sea que si te casas tienes que vivir
y ser como ellos; aplausos. Olvidan que el triángulo es
perfecto en la medida en que puedes contar con un intruso que
se contenta con los baños de colonia, los potajes y masajes
nocturnos que le da, y que a uno lo han ido secando sin haber
intentado nada para evitarlo.
Desde que ella, la que debía ser mi mujer, decidió
comprarse el caballo, las alternativas para salir del hueco han
sido infinitas. Sé que si me deshacía de la maldición
que apenaba a Miriam [supongamos que era así] estaba del
otro lado. Emprendí una serie de búsquedas. Te
consta Miriam que me dediqué por entero a devorar tratados
sobre el asunto, consulté tanto que terminé agotando,
extraviando más de la cuenta. No descarté a los
parasicólogos, los cartománticos como el profesor
Richard que me desplumó antes de que se metiera el balazo
de alivio; coleccioné y tragué afrodisíacos
de toda índole -lo sabes, cariño- hasta que una
tarde, metido en el trolebús, descubrí que me había
acostumbrado a la sombra del caballo, a los desplantes y displicencias
de ti Miriam. No lo tomes como una derrota, no es para tanto.
Tiempo en el que aprendí a fumar hasta por las orejas
y analicé las posibilidades de acabar con esa maldición
que de pronto le perteneció a un pariente cercano o lejano
que no ha dejado de perseguirme, aguafiestas. Lo peor es que
Miriam cada vez cambiaba más, incluso su rostro dejó
de tener los rasgos que la hacían santa, tan pura que
pensar que alguna vez te falló era como para ahorcarse.
Y no porque creyera que Miriam comenzaba y terminaba donde se
evapora la virginidad y su lista infinita de traumas, no señor.
Sí Miriam: la luna de miel es
una trampa. Debí resistir, oponerme a tu demanda de luna
con todas las de ley. Digo debí, porque la verdad es que
a Miriam no puedes negarle nada de nada, ni siquiera el rencor;
nadie te hubiera guardado las espaldas, evitado las vergüenzas
que hasta la fecha se mantienen incólumes, con un trabajo
donde llegas, te sacas de adentro, del fondo, a Miriam, la historia
de que soy el que manda, el que define, dibuja, las posiciones,
porque no hay nada como innovar, hacer de la cama un campo de
batalla donde salir con vida es algo más que escapar con
el cadáver de un caballo al que no has podido ver con
la amabilidad -te esfuerzas- que Miriam impone. No has descartado
echarle veneno, una inyección letal, Miriam gritando,
loca, lo mataste, asesino, maldito, vuelve a tu maldición
que no es culpa de Miriam, ni tuya, ni de Dios, quién
sabe si de pronto las cosas cambian y el caballo se harta de
ser tratado como un muñeco, o ya no es el que tortura,
somete a una Miriam que de súbito se ha definido más
fantasma que tu fantasma, o es idea tuya para engañarte
con supuestos avances en territorios donde el caballo es un Napoleón
al que no puedes ni pestañearle; no porque te deje quieto
de por vida y tu maldición se vaya al infierno, si no
por Miriam que quedaría triste, a solas con ese animal
del que dudas porque de improviso puede cambiarla por una de
esas mujeres que resultan demasiado alegres para que se siente
a contarles -a su manera- lo que ha hecho y no la crean anormal
o algo parecido, más aún si la ven paseando con
un caballo al que ha bautizado con tu nombre para demostrarte,
necio, que en ningún instante ha dejado de cumplir con
sus promesas, y serte fiel por más que te suene a patraña,
animal.
(Tomado del libro "Las
mujeres están locas por mí", Eskeletra/El
Universo, Quito, 1998)
|