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Autores Contemporáneos
Solange Rodríguez
Pappe
Ecuador, 1976

Anaís y
Yo ( una historia de amor)
(2005-03-02)
Conocí a Anaís en febrero
del 2001, cuando entré a Snaf, una librería
situada en la gran vía de Zaragoza y la vi quieta, frente
a mí, menuda, pretenciosa, terriblemente estética.
Confieso que buscaba literatura erótica para calmar los
recientes tiempos austeros de sensaciones, usando la imaginación.
Hacía frío, tenía hambre estaba sola; me
pasaba la tarde leyendo en cafés y cenando gaseosas de
lata. En España todo era anormal y yo confiaba en la bondad
de los desconocidos todos los días. De Anaís me
gustaron de inmediato su encendida boca menuda y su infantilidad,
ella me sonrío desde la carátula del libro Incesto
y el título terminó de despertar mi interés.
La tomé a pesar de las tres mil quinientas pesetas que
me costó. Esa noche también hubo gaseosa, pero
fue acompañada.
Exploré a Anaís desde un discurso confesional y
sobre la marcha me enteré que había comprado el
tomo número tres de sus diarios íntimos, la escuché
decirme cosas esenciales, hablar de conmociones que yo misma
había experimentado alguna vez pero que no sabía
si tenían nombre, ella también las reconocía
como suyas y las describía con lirismo y pasión.
Tenía, por ejemplo esa encantadora erotomanía que
la hacía imaginar como una mujer en perenne celo, en equilibrio
entre la divinidad y la perdición. Anaís me contaba,
a través de apuntes fechados, de su relación con
Henry Miller, de su matrimonio con un banquero sereno, de su
veneración por el psiquiatra Otto Rank y de su curiosidad
por el cuerpo de June, la esposa de Miller. Ficcionalizó
su entorno.. Al leerla, al volverse de palabras, me pareció
una mujer lúcida, crucificada y completa
bueno, sobrecogida
como estaba, me enamoré.
Empecé a llevarla conmigo a todos lados, a cuanto cine,
estación o tasca entraba, Anaís iba de mi brazo;
me quedaba hasta la madrugada conociéndola, recorriendo
las líneas mas emocionantes de su vida, criticándola
duramente y después, perdonando su cursilería,
justificándola debido a su excesiva feminidad, mi feminidad.
Ella, como toda mujer que se sabe digna de atención, estuvo
a punto de arruinarme. Mi escasa vida social se deterioró
porque yo prefería quedarme en el piso con ella, convertida
en su cómplice de aventuras y como con ese gesto aún
no la convencía de mi fidelidad, tuve que ir hasta Snaf,
otra vez, para comprar un segundo tomo del diario que me costó
tanto que consideré la posibilidad de mudarme a un sitio
más económico. Como respuesta a su estimulación
sensitiva empecé a escribir cartas a amigos lejanos. Anaís
me hizo fluir (ella diría que fluyó la miel) y
luego de las sesiones íntimas yo me sentía etérea,
leve, atemporal y eso era lo que transmitía a mis receptores.
Estaba loca de felicidad porque era como tener un rostro ajeno
y al fin haber encontrado un espejo.
Ella me abandonó en la estación de Barajas, en
el trasbordo entre Zaragoza y Madrid. Me quedé dormida
con su libro en el regazo y este cayó al suelo sin darme
cuenta. Así nos separamos, era la primera vez que lloraba
en mi vida por haber perdido una lectura y la primera vez que
me arrastro entre hileras de asientos en la madrugada, buscado
algo. Anaís, providencial y perversa, se había
ido. Hice sola el trayecto hasta mi ciudad, nostálgica
y traicionada, pero luego la bienvenida, la realidad, otros textos
emocionantes me dieron esperanza, pero está de más
decir que nunca la olvidé.
Tiempo después conseguí otra vez el libro en Guayaquil,
amigos que conocieron de mi afición me hicieron llegar
partes de su obra, pequeños cuentos, libros menores, malos
chismes y ella y yo nos reencontramos sin entusiasmo. Nuestra
historia ya había superado las mejores épocas y
solo quedaba recordar. La tengo a la mano, a veces, en noches
igual de secas y solitarias, la tomo e intento emocionarme como
antes con sus palabras dramáticas y dolorosas. A veces
lo logro y busco mi diario: quejoso, romántico, insignificante
e intento explicarme a mí misma que la vida muchas veces
es la mejor literatura. Para Anaís, la bien amada, estas
palabras por los cien años de su nacimiento de alguien
quien está aprendiendo aún como ser mujer.
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